XXXI
Si te sientas
del lado alejado de la ventana de un tren
en una ciudad del sur
junto a dos ancianas
prístinas de lo que puedan decir;
verás al jorobadito pasar
y justo iluminará su rostro
un fulgor vespertino
que la tarde no sabrá repetir.
Mientras tanto,
el tren seguirá su marcha
y el jorobadito
volverá a pasar por cada asiento
para recibir alguna moneda;
y estas dos ancianas diáfanas
podrán volver a hablar
en la inmensidad de un adjetivo.
Una lo mirará
y se sentirá madre desesperadamente.
La otra morirá de costumbre.
Tú te habrás olvidado
a donde ibas,
pero el lento hamacar del vagón
y la cuidad volatil, aterida
te lo recordará.
Tendrás la necesidad voraz
de llenarte de tristeza
y una sigilosa alegría
revelará las huellas
de esas oscuras expediciones del alma.
Para ese entonces
una de las ancianas purísimas
habrá bajado del tren
y una muchacha lejanísima
ignorará la lenta descomposición
de tu mirada
al sentarse a tu costado;
y sentirás que puedes
retomar tu vida
porque has visto al jorobadito
y te has enternecido
melancólicamente.
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